L a P l a z a
Escribe: Pedro A. Flores Cueva

Es la foto de la plaza de Armas de Pomabamba, tomada por educador y arqueólogo Emiliano González Roca, en un día nublado de los primeros meses de 1915, luego, publicada por la revista Variedades de Lima, en julio de ese mismo año.
Allí, aparecen de manera destacada los cedros, plantados probablemente en 1867, por el Gobernador de la provincia Julián de los Santos Vidal Durán
En aquellos tiempos, los cedros no solamente brindaban sombra al viajero y reposo al caminante, sino que atenuaba aquel paisaje sombrío de la inmensa pampa de polvo e ichu montaraz.
Años después seria la inspiración de trovadores melancólicos, de poetas enamorados de aquel paisaje cubierto de follaje verde e iluminado por un cielo azul purísimo , como Isaac Osorio Roca, cuando arriba a su tierra, en 1936, luego de trotar el mundo ejerciendo la diplomacia. Ganado por la emoción del reencuentro, rendirá pleitesía a aquellos árboles en versos impregnados de un profundo, y a veces, extenuado romanticismo:
“Bajo tu sombra, en tu tronco,
Quise reclinar mi frente,
Y mostrarme indiferente,
De mi hondísimo sufrir.
Vine a gozar de tus hojas,
El susurro y la frescura,
Y a disipar la amargura.
De una férvida pasión
De lejos veré tu sombra,
Tu encanto, que nunca pierde
Cedro desolado y triste,
En tu lobreguez me pierdo,
Y acrecientas el recuerdo,
De una férvida pasión
Un copo de espuma verde,
Sobre palidez del mar
Soledad de campo santo
De tenaz melancolía,
Tú retratas la agonía
Sepulcral del corazón.
Pomabamba, provincia andina, asentada en un solitario valle y envuelto por cerros pétreos y silenciosos, no se distingue precisamente por la abundancia de cedros, sin embargo, poetas románticos y bardos errabundos le adjudicarían el titulo: La Ciudad de los Cedros. Era una paradoja, y todos la asumieron como suya, todos se sentían identificados sentimentalmente con aquel “Cedro desolado y triste”, cedros que cobijaban a las indias, venidas desde lejanas comarcas, para vender sus productos y a los indios que aparecían en la algarabía de las ferias o en estruendo de las procesiones.
La foto muestra al fondo, el austero local municipal, de un solo piso. Sus muros y columnas pintados en yeso. La alcaldía la ejercía en ese entonces el Notario Fabián Escudero.
Al costado la casa de Don Pedro José Roca Vidal. Patrimonio solariego de la antigua familia Vidal, donde fue alojado el General Cáceres y su oficialidad, cuando arribaron a Pomabamba, en junio de 1883. Años después la heredarían las hermanas Carmen y Amalia Roca Escudero. Allí aparece, al costado, solitaria y cubierta de paja, la que seria una de las primeras fondas del pueblo.
La plaza, con un paisaje huraño y taciturno, era el reflejo del temperamento de su gente. Así la graficaría, con trazos austeros, el arqueólogo francés Charles Wiener, en 1860, a un grupo de indios cantando y bebiendo, pero dominados por una profunda tristeza. José de la Riva Agüero, aquel heredero de la hispanidad nostálgica, describía, en prosa viril, la realidad de las provincias: “como pueblos abandonados de toda vigilancia central, dominados por los gamonales lugareños, nuevos curacas o corregidores insaciables, inspectores de instrucción que son agentes electorales, maestros ebrios e ignaros, subprefectos y recaudadores sórdidos, indios amodorrados o alcohólicos. La visión final es dolorosa: soledad acerba y letal, medroso encogimiento de cuerpos y almas.” (1)
Artesanos y socios honorarios, cobijados por la frescura del cedro, posan el día de la fundación de la “Sociedad Mutualista”
Aquella serena y desolada plaza, con cedros señoriales, seria testigo del arribo fatigoso y optimista de los breñeros. Allí acamparían y reposarían, antes de emprender la marcha hacia Huamachuco, para el encuentro final con la gloria y la muerte.
En Marzo de 1895, por la solitaria plaza trotarían los caballos de los montoneros caceristas, perseguidos por los partidarios de Piérola, para concluir en la batalla definitoria de Sihuas. Años después, el 01 de enero de 1923, trabajadores artesanales fundarían la Sociedad de Artesanos”Protección Mutua”, y fue en aquella plaza, al pie de los cedros, donde se registro la foto histórica. Allí están los socios fundadores con la mirada fijada en el horizonte, avizorando un porvenir cargado de desafíos y de jornadas heroicas. Esta misma plaza, a veces enfangada, y otras veces polvorienta, seria el escenario de las grandes confrontaciones políticas, donde las supremacías se ganaban con las armas, que con las ideas.
Luego, en la década del sesenta, cuando la provincia ya cumplía su centenario y los cedros ya iniciaban el proceso inexorable del declive, arribaría Fernando Belaunde, en campaña electoral, para encandilar con su retórica reformista y el hálito de esperanza que calaba en el alma escéptica e incrédula de un pueblo. Allí, bajo su sombra, prometió construir la ansiada carretera para librarlo del aislamiento milenario. Precisamente él le dedicaría un hermoso homenaje a los cedros: “… los pomabambinos han hecho un monumento a la tierra: un árbol frondoso exhibe su imponente y acogedora silueta en el centro de la plaza”.
Por sus calles desfilarían, como nunca antes, los campesinos agitando sus banderas blanca y roja, lanzando consignas de una reforma agraria, cuyo mensaje nunca la entendieron, de cuya predica no heredaron patrimonio ni riqueza, pero ganaron en dignidad, en reconocimiento como ciudadanos.
Esta es la fugaz y precaria historia de una plaza. Ahora, cobija a nuevos protagonistas, venidos de otras tierras, con otras culturas y distintos mensajes. La plaza esta maquillada, remozada, como mujer cautiva de la eternidad y condenada a ser testigo silenciosa de las tragedias y alegrías, esperanzas y frustraciones de un pueblo.
(1) De la Riva agüero, José; Paisajes Peruanos, Edit. PUCP, Lima, 1969